De la Generación X a la Generación ni-ni

Yo pertenezco a la llamada Generación X, también conocida como Generación Perdida, caracterizada por una rebeldía conformista y un rechazo a las tradiciones generacionales y religiosas. Menos mal que me dí cuenta a tiempo, cuando a los 10-12 años, se me ocurrió leer una revista del colegio dirigida a las familias con un artículo titulado “Generación X o la pérdida de valores” o algo similar, que me hizo sospechar que lo de “X” no era por tener superpoderes. Aunque en un principio me opuse a la idea de considerarme como  “perdida”, al poco la acepté y todo fue más relajado.

Ha llovido desde entonces (sin ir más lejos, ayer incluso granizó en Granada), y los estudios sociológicos, tras acabar con el alfabeto generacional -X, Y, Z-; han determinado llamar a la actual generación de jóvenes como Generación Ni-Ni. El término denomina así a la juventud de edades comprendidas entre 16 y 24 años que ni estudia ni trabaja, acomodada en el hogar familiar y con las necesidades ampliamente cubiertas, sin horizonte que les motive, educados en la ausencia de límites externos y con muy baja tolerancia a la frustración. Un cóctel explosivo que ya señalaba Javier Urra cuando publicó en 2006 El Pequeño Dictador, cómo el perfil de jóvenes tiranos no se definía en contextos precisamente deprivados ni carentes de oportunidades socioeconómicas, sino todo lo contrario.

Pero el asunto no tiene ninguna gracia: hace poco más de una semana me topé con un artículo, “Diez familias entregan a sus hijos adolescentes a la Junta porque no pueden controlarlos”  de José R. Villalba. Los comentarios a la noticia en su versión digital aluden a la responsabilidad de los distintos agentes: familia, escuela, sociedad… Si bien es cierto que es una problemática que afecta a todas las partes, cada cual echa balones fuera como si de una patata caliente se tratara. Y los Servicios Sociales ahí están para recoger el producto social de la ausencia de madurez de todas ellas (y en las que de un modo u otro, todos participamos).

Como guinda, la colaboración de la mass-media por excelencia: según cifras difundidas del Consejo Audiovisual Andaluz, el colectivo infantil consume de media anual 1.100 horas de televisión, frente a las 990 horas del curso escolar. La calidad de la programación emitida queda en entredicho, poniendo de manifiesto el contenido violento o discriminatorio que queda normalizado ante la falta de análisis.

Y el resultado de todo este despropósito es que la psicopatía deja el grado de ser un trastorno mental para convertirse en un comportamiento habitual en demasiadas ocasiones…

Con todo ello, sin que una realidad niegue a otra, me animo a tener en cuenta a la cantidad de jóvenes que pasan a diario por el centro donde trabajo en busca de orientación profesional, para adentrarse en la ardua tarea de la búsqueda de empleo, con inquietudes y afán de superación; recordándome ahí que las etiquetas son, entre otras cosas, para organizar los post del blog…

El dibujo es de el VERA

2 comments

  1. Yoriento

    El dato de las horas de televisión frente a las del curso escolar es contundente. Pienso que siempre es responsable la familia, y recuerdo aquello de “si tu lees ellos leen”.

    La educación es una cuestión de hábitos diarios y de modelos, y ahí los padres lo son todo o casi todo.

    Otra cosa es que ni asuman su responsabilidad ni sepan cómo hacerlo, eso sí es una problema de este modelo de sociedad donde los progenitores son “dueños” de sus hijos, para bien y para mal. En otras culturas los hijos son educados por la tribu entera, lo que sin duda limita la mala suerte de que te toquen unos padres que “no leen” 😉

    Me ha gustado mucho tu análisis. 😉

  2. teresalv

    Muchas gracias por tu comentario Alfonso, es un placer recibirte por aquí.

    Estoy de acuerdo en que la responsabilidad más contundente sea de los progenitores, pero qué pasa cuando estos no ejercen su tarea educadora: la insititución educativa, queda o de brazos cruzados o de manos atadas, ambas serían válidas.

    Otro asunto sería contemplar el supuesto de que tener la madre y el padre estudios superiores y puestos de trabajo significativos, lleva incluido el sentido común y el de la responsabilidad hacia sus hijos; y esta correlación no siempre se da.

    Saludos 🙂

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